martes, 30 de junio de 2009

UN SUEÑO


Cerca de una casa abandonada del centro…Hay un vendedor de hierbas que no vende nada. Sólo merodea. Compro algunas. Llevo mucho tiempo fuera de mi casa. De hecho no he estado en todo el día. Vengo de casa de Agustín y recuerdo haber dicho a mi madre que hay rincones de la casa que me gustan como motivos para pintar. (Recuerdos de cuando la parte de arriba era sólo un doblado, con el suelo de tierra. Recuerdos de muchos ratos jugando con las arañas y las moscas. Y la musiquilla de su madre: “Justo pa que naciste. Justo pa da la lata” Y yo sin enterarme que molestaba. Y la madre… ¡Que mala leche!).
En la rambla me he encontrado con el niño del paraíso y con otro del que no recuerdo ni la cara ni el nombre. Voy y vengo y se me olvida un encargo de mi padre. Estoy en la rambla alta, actuando en una tragedia o quizá de espectador. Hay dos bustos en un balcón que me miran con acusadora actitud. Los dos actores se retiran hacia el interior de la casa, poco a poco y yo improviso:
- ¡Un momento, no te vayas! –Le digo a la mujer -¿A qué número tenía que llamar yo? (Encargo de mi padre).
Ella titubea y por fin me da un número de cuatro cifras. Le pregunto por las dos cifras que faltan y ella desaparece…
Estoy en la rambla alta y hay una mujer que se lamenta porque sus hijas padecen tuberculosis. –Este olor me es familiar- dice. Está oliendo las yerbas que he comprado al vendedor y que le recuerdan el olor a la enfermedad…Mi tío Rafael… su casa olía a esas yerbas, de hecho vendía esas yerbas de la casa Santiveri… y murió de tuberculosis.
Estas yerbas están corrompidas, son producto de un robo. Le he quitado un puñado al vendedor pero ya antes me lo había quitado él a mí.

Escrito hace treinta años, recordando un sueño de inmediatez pasada

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